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La colección Kinthia
Las flores de la vida de madera aportan al motivo una calidez que el metal no tiene: sus círculos recortados conservan la veta y el tono de la tabla de la que salen. Se colocan sobre un mueble o se cuelgan en la pared, a la manera de una roseta ligera. Un motivo antiguo, en un material que apetece rozar con la yema de los dedos.
El cuaderno Kinthia
Algunas claves para encontrar lo que se parece a ti.
Cada pieza tiene sus vetas, sus matices, a veces un pequeño nudo allí donde salía la rama. Con el tiempo y la luz, la madera adquiere pátina y se oscurece ligeramente, un cambio natural que no le quita nada a la nitidez del dibujo. Dos flores de la vida recortadas en tablas distintas nunca tendrán, por tanto, exactamente el mismo tono.
Ligera, la pieza se cuelga como un cuadro, sola o entre otros objetos. Apoyada de pie contra una pared, sobre un aparador o la repisa de una chimenea, gana relieve, y la sombra de sus recortes dibuja un segundo motivo detrás de ella.
Muchos la usan como base: se colocan piedras rodadas o pequeñas puntas sobre los cruces de los círculos, empezando por el centro, para componer lo que se llama una rejilla de cristales. Así se reúnen varias piedras en torno a una misma intención, aunque luego se cambie la composición al ritmo de las estaciones.
Basta un pincel seco o un plumero para quitar el polvo que se queda en los recortes. Se evita la humedad, que puede hinchar las fibras, y el sol directo prolongado, que acaba decolorando la madera. La pieza no pide otro cuidado, y no le molesta cambiar de sitio.
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